Bodas de oro institucionales

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lunes, 4 de julio de 2011

REFLEXIONES DEL PADRE MANUEL ROSAS CASTILLO OFM, CON MOTIVO DEL DÍA DEL MAESTRO


…Sabemos que cosa es lo que quería Dios, cuando en un determinado momento permitió que el camino de nuestra vida se cruzara con el camino de tantos niños y la influencia que vamos a tener en cada uno de ellos. Se nos ha dado la oportunidad maravillosa de intervenir en un momento determinado en la vida de ellos y ese momento puede servir para que crezcan, para que se desarrollen, para que llegue a ser en verdad grandes, pero se corre el riesgo, también, de si no lo advertimos, marcar a algún alumno, y de esa manera disminuir sus posibilidades para el futuro.

Cuanto cansancio, cuantas horas tienen que dedicar el Maestro. No son solamente los años de formación, es la formación cotidiana y no solamente en el plano intelectual, sino principalmente el aspecto humano. El maestro empieza en su condición de hombre o en su condición de mujer en el cuidado que tiene para desarrollarse en esa concepción de que somos seres no terminados, el hombre “infieri”, del que hemos hablado tantas veces, el hombre que se va haciendo día a día. El hombre que es una mina; que tiene un montón de posibilidades y de cualidades, que tiene que desarrollarlas, y que tiene que llegar a ser tan grande, absolutamente tan grande como las posibilidades que tiene dentro.

La vida no es fácil. Nosotros vemos a nuestros maestros. Los vemos sonrientes los vemos alegres los vemos preocuparse por nuestros problemas, por nuestras dificultades; pero no sabemos lo que están pasando ellos. Cada uno tiene su vida y la vida veces es dura, la vida a veces golpea fuerte y la vida puede en determinados momentos apagar la ilusión, apagar la esperanza. y cuando eso ocurre se causa un daño irremediable en el corazón, en el alma del maestro. Si hay algo que tiene que cuidar el maestro, es que jamás se apague esa luz de ilusión, esa rebeldía innata contra los golpes del destino; esa capacidad para decir no me rendiré, no me doblegaré. Jamás hincaré mis rodillas, sino ante Dios, esa capacidad para superar las amarguras que a veces nos traer la vida cotidiana y seguir manteniendo el optimismo y la esperanza; tarea en la cual nos ayuda el contacto con los niños, el contacto con los jóvenes; el ver como en cada uno de ellos Dios le da una nueva oportunidad a la humanidad.

Los niños y los jóvenes o la sonrisa de Dios en la tierra. Son las muestras de un Dios que siguen creyendo en el hombre, que sigue creyendo en una humanidad nueva, en una humanidad distinta, en una humanidad mejor y nos involucra a nosotros, a los maestros en esa tarea, en esa tarea de crear ese mundo; pero para eso somos guerreros, guerreros preparados para enfrentar todas las cosas que nos vengan encima. Guerreros capaces de superar una y otra vez el cansancio, el desaliento. Guerreros capaces de lanzar el alarido para animar a todos los demás a volver empezar, a recuperar las fuerzas y enfrentar a una vez más, otra vez ; así hasta que la muerte nos sorprenda en ese esfuerzo para hacer, para construir una sociedad mejor, un mundo mejor, un país mejor, una ciudad mejor, una juventud mejor, ese cuidado que debemos tener para que nuestra alma jamás se llene de oscuridad, para que jamás el rencor, para que jamás el odio, para que jamás las bajas pasiones se apodera de nosotros mismos…

El cerebro humano está diseñado para olvidar, porque olvidar es una condición fundamental para poder aprender. El cerebro desecha o acumula en un lugar que podríamos decir el inconsciente, acumula aquello que no es relevante en ese momento. Hay cosas que nosotros olvidamos para poder seguir aprendiendo; pero lo que no se puede olvidar son las actitudes que nos enseñaron, lo que aprendimos de la figura del maestro. No tanto de sus palabras. Yo puedo acordarme no necesariamente las palabras de mi maestro, pero si puedo acordarme de su porte, que era todo un mensaje de integridad, de honestidad, de verdad, de valores vividos y eso es lo que se internaliza, eso es lo que queda en el alma de nuestros niños, en el alma de nuestros jóvenes. Pero la tarea no solamente se agota en la formación humana, el maestro está obligado por lo delicado de su misión a una constante actualización, una constante formación…

Que Jesús, el Divino Maestro, ilumine la mente y el corazón de nuestros educadores para que puedan cumplir ese honroso encargo del Señor: ser, en primer lugar y ante todo, Maestros antes que profesores o docentes. “Feliz día Maestro”

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